26 dic. 2009

Mensaje de Kerry Livgren

El guitarrista Kerry Livgren (ex-Kansas) difundió un mensaje en el que relata los pormenores del accidente cerebrovascular (ACV) que sufrió hace unos meses y detalla su proceso de rehabilitación:

Era una típica mañana de lunes a fines del verano. Había comenzado el día con las tareas del granero y seguí con algunas horas en el estudio de grabación. La tarde holgazana era tan placentera que decidí dejar el resto del día laboral y volar uno de mi aviones radiocontrolados en las pasturas.

Había disfrutado de buena salud toda mi vida, excepto alguna gresca ocasional con un resfrío. Tras llegar a los 50 estaba más atento, pero nunca necesité ver a un doctor. Mi colesterol y presión arterial estaban en niveles modestos y tenía bastante ejercicio aquí en la granja. Creí que no tenía nada de qué preocuparme, pero eso iba a cambiar.

Fui a la cama a eso de las diez y media, leí un poco y me fui a dormir. Desde acá en adelante recuerdo poco, lo que debe haber sido por piedad de Dios.

Eran como las tres y media de la mañana, me levanté y me dirigí al baño. Vicci dijo que recordaba que me salpiqué la cara con agua y que luego me desplomé al piso. Yo no lo sabía, pero un coágulo enorme acababa de entrar en la carótida, abriéndose paso hacia el cerebro. Vicci llamó al 911, creyendo quizás que esto era un ataque cardíaco. Tengo vagos recuerdos de tratar sin éxito de ponerme de pie, y un extraño asombro de por qué mi lado derecho no funcionaba. Perdí la consciencia. Tras yacer en el piso por un período indeterminado de tiempo, llegaron los paramédicos y me llevaron al hospital.

Me llevaron a la guardia y de ahí al quirófano a las siete. Los cirujanos lucharon para mantener mis arterias abiertas, con algún grado de éxito. Se pusieron dos stents en el vaso sanguíneo. Luego sabría que, por un tiempo, mi vida pendió de un hilo, pero en la camilla el equilibrio se inclinó en mi favor. A pesar de la exitosa cirugía, exámenes posteriores revelaron que un segundo coágulo había bloqueado nuevamente la arteria carótida. No hubo intento de remover éste: había mucha masa de coagulación. Aún permanece bloqueada. Por los siguientes tres días y medio, no supe nada. Estaba en un vacío negro, sin sonido, vista y sensibilidad.

Comencé a despertarme, como en una niebla. Podía ver figuras como sombras que se movían. Mi lado derecho estaba muerto y no podía hablar. Había habido docenas de amigos y gente con buenos deseos en la guardia, pero apenas recuerdo su presencia. Muchos de mis amigos estaban ahí rezando por mí, y ellos habían notificado a otros a quienes no conozco, para que se les unieron en la oración.

Aún no sabía qué me había pasado. Desafortunadamente, en los días que seguirían, comencé a darme cuenta. Mi esposa había estado conmigo a través de todo el calvario y ella comenzó a decirme qué me había pasado. Había sufrido un ACV, y uno muy serio. Inicialmente no podía mover ni mi brazo ni mi mano, pero en los días siguientes comencé a mostrar algunos avances como mover mis dedos de las manos y los pies. Mi pierna derecha se recuperaba más rápidamente, y con el tiempo me puse de pie.

No sé qué esperaban los doctores de la recuperación, en especial con la arteria aún bloqueada. Yo sabía poco de ACVs, sólo lo que había escuchado de amigos y familiares. Sabía que eran serios, incluso mortales. Supongo, dada la naturaleza de los ACVs, que todo es posible. Algún tipo de recuperación podía tener lugar, o ninguna en absoluto, pero eso estaba ahora en las manos de Dios.

Aún así, llegaron los avances. Aunque fue tremendamente frustrante, comencé a poder decir algunas palabras comprensibles, y ahora podía, con ayuda, pararme y caminar con pasos cautelosos. Los terapeutas me visitaban regularmente y me ayudaban con terapia física y del habla. Mis procesos de pensamiento y memoria estaban volviendo. Recuerdo querer mejorar tan desesperadamente y poder volver a casa, pero no era el momento.

Después de once días en el hospital, se tomó la decisión de llevarme a una clínica de rehabilitación. Se discutieron varios lugares, pero se decidió que me llevarían a una clínica muy renombrada en Lincoln, Nebraska. Yo quería quedarme en Topeka, pero por cierto no estaba en posición para protestar. Vicci quería que yo tuviera la mejor atención. Tras un último y bastante extenso examen de sangre, me cargaron en una ambulancia, y allí fuimos. El escenario en el camino a Lincoln fue muy refrescante para mí, lo primero que veía en mucho tiempo.

La clínica era muy agradable. Llegué tarde por la tarde y me ubicaron en una habitación muy elegante, justo al lado del comedor. A la hora de cenar, me levanté y caminé hacia la mesa, aunque una enfermera intentó ayudarme. Lo primero que noté fue que yo era el único que caminaba. El resto de la gente estaba en sillas de ruedas. La mayoría era considerablemente mayor que yo y muchos eran obviamente víctimas de ACVs como yo. Recuerdo haber pensado que la mayoría de estas personas estaban mucho peor que yo. No había mucha conversación en la mesa, presumo que por sus problemas vocales y los míos. La comida era muy buena, pero noté realmente por primera vez, que tenía gran dificultad para sostener el tenedor (antes me daban de comer).

Los terapeutas comenzaron temprano con una serie de exámenes. Desde la mañana hasta avanzada la tarde éste sería mi horario por las próximas tres semanas: terapias de habla, ocupacional y física. El personal era todo muy amable. Hasta comencé a disfrutar un poco la terapia, mientras alejaba mi mente de las implicaciones reales de mi situación. Todos decían que estaba haciendo grandes progresos.

Después de la primera semana, fuimos a casa en una breve visita. Mi casa me recibió amigablemente, pero poco familiar y extraña, como lo son los lugares cuando estás lejos. Aún así, disfuté mucho ese tiempo. Cuando regresamos a Nebraska tuvo lugar uno de los acontecimientos más extraños de mi calvario. Ya que ahora era un paciente externo, estábamos alojados en un hotel local. Estaba por irme a dormir cuando de repente pensé en la Biblia. Me di cuenta de que no podía pensar en un solo versículo. No podía pensar en el nombre de ninguno de los libros, de los nombres de los personajes, ninguna de las historias, ¡nada!. Lentamente estaba entrando en pánico cuando le pedía a Vicci que tomase la Biblia de los Gedeones y me leyera algo, cualquier cosa. Con una mirada extrañada, ella abrió la Biblia y comenzó a leer de Juan, capítulo 6, la historia de Jesús que alimentó a los cinco mil. Tras treinta años de estudio personal de la Biblia, estaba escuchándolo por primera vez. Era una sensación tan extraña. Había un aire familiar en eso, y aún así era completamente nuevo. Qué cosa peculiar, que un ACV pueda destruir parte del cerebro y ser tan selectivo. Aunque había entrado en pánico, porque instintivamente sabía qué importante era, este Jesús del que estaba oyendo hablaba de curar, y pude ir a dormir. Afortunadamente, a la hora de escribir esto, mi conocimiento de la Biblia ha regresado.

Volvía la clínica por otras dos semanas y seguí mejorando y fortaleciéndome. Un día descubrí que había un piano en una habitación abierta en el segundo piso. No había estado pensando en uno de mis más grandes temores: no poder hacer música. Me senté al piano, mi brazo derecho en mi falda y toqué algunas figuras con mi mano izquierda. Luego vino la gran prueba. Levanté mi brazo derecho y toqué una escala simple, aunque de manera un tanto titubeante. Me sorprendió que pudiera presionar las teclas. Sin embargo, la verdadera sorpresa sucedió cuando intenté tocar con ambas manos. Me di cuenta de que podía tocar con la mano derecha o con la izquierda independientemente, pero no con ambas manos. Simplemente no podía hacerlo. Era de hecho una sensación bastante peculiar. Inicialmente me sentí tremendamente frustrado, y luego con pánico, pero el Señor me dio paz. Decidí que no sería bueno preocuparse por ello y que sería mejor dejar mi futuro en Sus manos. No visité más ese piano.

Tras tres semanas era hora de volver a casa, y transferirme a otro hospital de rehabilitación en Topeka. Dejé Nebraska un viernes y me iba a inscribir en la clínica de día en Topeka el lunes siguiente. ¡Iba a quedarme en casa!. La primera noche en casa me despertó un fuerte ruido, seguido por un quejido. Sorprendido, me quedé tendido, creyendo que soñaba. Me levanté y fui al baño y encontré a Vicci tirada en la tina. La miré por un momento pensando "¿qué estás haciendo?" antes de arreglármelas, con alguna dificultad, para llevarla a la cama. Sabía que estaba lastimada, pero pensé que eran unos moretones.

La mañana contó una historia distinta. Vicci era incapaz de moverse y tenía muchos dolores. Mi hija Kate, que se estaba quedando con nosotros, llamó al 911. Aquí estaba yo, parcialmente discapacitado e incapaz de manejar, y ahora mi esposa estaba enfrentando una prueba. Comencé a sentirme un poco como Job. La ambulancia la llevó al mismo hospital al que me habían llevado a mí, donde nos enteramos de que no eran golpes sino una fractura en la columna. Tras una noche dolorosa, se programó una cirugía para el día siguiente, con el mismo doctor que me había operado a mí. Todos estaban asombrados de que estuviéramos de vuelta en el hospital, esta vez por mi esposa. Enviamos pedidos de plegarias, esta vez por Vicci.

Hicieron la cirugía, un procedimiento relativamente nuevo que usa un globo y una especie de cemento para reconstruir sus vértebras. No hubo incisión. Después de una noche más, ella ya estaba en casa sintiéndose casi normal. No podía creer que ella estaba de vuelta en casa después de quebrarse la espalda. El doctor dijo que de no ser por este tipo de cirugía, ella hubiera estado en recuperación por meses. Le agradecí su trabajo en ella y en mí. Sentí que escapamos por poco de una calamidad.

El incidente de Vicci cayó justo el día en que tenía un turno para inscribirme en el programa de rehabilitación, por lo que se demoró, pero empecé la semana siguiente. La clínica era similar a la de Nebraska. Examinaron mis manos para la sensibilidad, así como hicieron una batería de otros tests.

Las diversas terapias continuaron, y también mis avances. Era básicamente consciente de que lentamente estaba mejorando, pero realmente no captaba cuánto. La gente a la que le hablaba ocasionalmente siempre destacaba cuánto mejor estaba hablando. El cambio era tan gradual que apenas si podía notarlo. Con el tiempo, la sensibilidad volvía a mi mano. Finalmente me senté frente a mi piano y de repente podía tocar con ambas manos. No se acercaba ni por mucho a mi habilidad previa, pero ahora tenía esperanza. Y a medida que pasaban los días mi técnica mejoraba lentamente: incluso puedo puntear unas pocas notas en la guitarra.

Ahora estoy, mientras escribo esto, a cuatro meses de la fecha de mi ACV. Todavía tengo algunos problemas de habla y algunas dificultades con mi brazo derecho. Ha sido una larga y dura lucha y aún queda un camino por recorrer. No lo sabía al principio, pero este ACV fue serio. Ahora estoy enterándome de qué tan serio. Mi doctor, tras una interconsulta con otros médicos (incluido un hematólogo), me dijo que lo que había causado el ataque fue una enfermedad de la sangre llamada "síndrome antifosfolípido". Dijo que era improbable que un examen físico lo hubiera revelado. Es un tipo de enfermedad autoinmune, y me informó que tengo que usar anticoagulantes, probablemente de por vida. No me agrada tener que tomar Coumadin, pero salí de su oficina convencido.

Más significativo es lo que me dijo uno de mis otros doctores (un neurólogo). Fui a verlo hace unos días. Él no me había visto en varias semanas, de hecho desde los días en la guardia del hospital. Cuando entró en la sala, me puse de pie de un salto y le dije "hola, Doc". Sería difícil ignorar la cara de asombro que puso. Estaba claramente satisfecho con mi progreso, pero luego me dijo "Sr. Livgren, tuvo el peor ataque que pueda tener un hombre". Dijo "de vez en cuando a un doctor le toca ver a alguien como usted".

Había recibido comentarios de este tipo todo el tiempo, pero recién ahora lo estaba comprendiendo. Claramente, algo estaba pasando. Debería, por cierto, estar muerto o en una silla de ruedas y así y todo no estoy discapacitado. Se hizo el comentario de que "soy como Job", aunque Job recibió de vuelta todo lo que había perdido y más. Llegué a creer que mi Padre en el Cielo una vez más nos mostró Sus amables gracias. Muchas veces anteriormente fui el destinatario de Sus gracias (Él salvó a Vicci de su herida en la cabeza en 1998). Ahora Él me salvó. Él existe, y escucha las plegarias de Su pueblo. Sé que no soy nada especial. Sé que a veces hay gente buena y pía cuyas plegarias no son escuchadas, y no tengo explicación. Él es el Señor Dios y la misericordia es Suya y Él la dio.

A través de todo este calvario, de algún modo yo sabía que todo iba a estar bien. Sentía una especie de presencia calmante, la presencia de Cristo, que me decía que no necesitaba temer. Rezo por recuperarme plenamente pero si no, entonces lo que el Señor me dé es suficiente.

Kerry Livgren
Nochebuena, 2009

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